La asfixia de la acumulación
Por un instante, un breve instante, se es libre.
Por un breve instante se es uno mismo. Luego
pasa que el mundo nos recibe y nos transforma;
nos oculta, nos hace pedazos. Y no hablo de
aquel espacio que ocupamos. De aquel sitio
condenado al silencio, a mirar; a sentir cómo su
piel es cubierta por llagas; ese espacio, el
único inocente de esta desdicha. No. Hablo de
ese otro mundo; éste, el del engaño. El creado.
El impuesto por estos seres que nos manejan y
nos dominan. Que nos arrancan la libertad y
moldean las mentalidades (como han hecho con
ellos mismos, antes, otros). Y dejamos de ser.
Nos perdemos, nos olvidamos. Andamos pasos que
no son nuestros; decimos palabras que no son
nuestras. Seguimos costumbres, ideales, metas.
Seguimos caminos marcados, señalados. Dando
todos los mismos pasos; tropezando igual;
buscando un mismo destino.
Este mundo falso, de maquillajes, de
diferencias, de clases, de tiempo, de días, de
años. Este mundo en que nos hemos extraviado,
nos hemos derrotado, nos hemos esclavizado. En
la apariencia. En la ilusoria cúspide donde todo
se domina. Es nuestra cárcel. Religión,
economía, superioridad, organización, sociedad,
clases. Asco. Egoísmo, avaricia, estupidez. La
búsqueda del poder, la dominación, la
humillación. El dinero, la materia, las
propiedades. El hombre es eso. Ese plástico, esa
falsedad, esa trampa. Esa sombra que lo cubre
todo para justificar este defecto que creemos
(imbéciles) nos hace superiores. Está
inteligencia voraz que miente, que inventa. Nos
creemos con el derecho de poner nombres, de
clasificar, de organizar, de moldear, de
dividir, de dominar. Y es nuestra derrota. Lo
hemos confundido todo. Lo hemos gastado,
destruido, entristecido. Pues nada de aquello
necesita de nosotros.
De este afán por tener, por ser, por
justificarnos, por permanecer. Creamos reglas,
creamos sistemas; una jaula que ya no alcanzamos
a apreciar. Sabemos de tener para ser. De tener
para dominar. De hegemonía. De dinero, de
status, de riqueza, de poder. De esa repugnante
asfixia; de esa ansiedad, de esa impotencia, de
esa frustración, de esa envidia, de esa
avaricia, de ese materialismo. De esa angustia
por cumplir con los modelos; por satisfacer lo
esperado. Por reafirmarnos en la vida, por
demostrar que se ha cumplido con los cánones que
nadie puede justificar. Crecer, estudiar,
trabajar, casarse, hacer dinero, tener casa,
propiedades, ropa, muebles, cosas, cosas, cosas…
Y ¿para qué toda esa acumulación estúpida? ¿Para
qué todo ese naufragio por la búsqueda de un
estado sintético que sólo sirve para mantener
cierto nivel dentro de una sociedad maleable?
Las clases, la división. El espejismo de las
posesiones. Nos rendimos ante esos muros que no
nos permiten reconocernos en el otro; en ese
espacio que hemos mancillado, avergonzado. Que
nos siente correr sobre su piel. Que nos sabe
confundidos, perdidos.
Que nos sabe lejos de la verdad, de nosotros
mismos. Buscamos reconocimiento. Buscamos ser.
Nos aplastamos, nos asfixiamos. Robamos el
espacio, el tiempo, el sentido. Dejamos la
verdad bajo datos, información, cajas, relojes,
recuerdos, papeles, conversaciones, autos,
cuentas bancarias, aparatos, basura. Bajo las
palabras de aquellos que han creído dar sentido
y orden, cuando ellos mismos están lejos de su
propio ser. ¿Cómo reconocerse fuera de ese juego
que nos han (nos hemos) impuesto? Es igual. De
cualquier modo la rueda continuará girando. La
creación de necesidades seguirá ocultando los
días. Y los estúpidos (dicen) seguiremos siendo
aquellos que no comulgamos con esa realidad,
aunque de alguna manera logramos sobrevivir en
ella. ¿O será que la acumulación de objetos, de
materia, de pertenencias, es una forma de
justificar nuestro paso por la vida? ¿Será que
es el modo de aferrarnos, o una pretensión
absurda de esquivar la muerte, negarla,
engañarla? De cualquier modo todo es así,
terrible. Cajas y cajas que destruyen el
espacio, que nos impiden la movilidad. Y
parecemos capaces de sacrificarlo todo por
lograr una trascendencia banal. Una imagen
social que nos apuñala por la espalda. Que nos
arranca de lo que fuimos alguna vez. Que nos
mantiene lejos de esa libertad, de ese verdadero
yo; libre, simple, sin cadenas.
Ese que hubiera podido dejar, sin problema
alguno, el mundo como lo encontró; sin él, sin
la necesidad trivial de acumular, de aparentar,
de colgarse máscaras. ¿No sería justo que todo
fuera así, libre, sencillo? Sin embargo, todo
seguirá igual. Se buscará siempre un (falso)
lugar sobre los demás. Sobre aquellos que
también habrán de desaparecer (ahí nuestro
engaño), y que a lo más transmitirán un
recuerdo, una materia, o posesiones (que
terminarán por diluirse y perderse
indudablemente). Sólo esto queda. Este
enclaustramiento disfrazado de manumisión.
Esta realidad que no nos permite ver que al
final (debe haber uno) todo quedará aquí, sin
nosotros. Ni palabras colgando de hilos, ni
billetes, ni objetos, ni casas, ni televisores,
ni moda, ni fronteras, ni computadoras, ni
recuerdos, ni datos, ni carreteras, ni
mansiones, ni diplomas, ni reconocimientos. Ni
siquiera esta maldita idea que me ahorca. Los
nombres caerán y desnudarán las cosas; las
dejarán así, entre el polvo. Ni cama, ni silla,
ni lámpara, ni monitor, ni mesa, ni círculos, ni
líneas. Sólo algo. Lo que es. Un estado simple,
concreto: el instante. El ahora. El ya.
Jonathan Minila
Jonathan Minila es un escritor, y promotor cultural mexicano, editor y corrector de estilo, trabaja como colaborador y columnista en diversas revistas y antologías. Impulsor de proyectos de promoción de lectura, es un estudioso del sentido humano y la realidad social de su país y Centroamérica.

